
Por películas como La Lista de Schindler (Schindler’s List, 1993) es que considero al cine como el pretexto ideal para recordarnos continuamente la memoria histórica de la que colgamos, y nosotros fuera del contexto, pareciera una historia sacada de la mente más perturbada y cruel. No todo en el cine es ficción, consumir este tipo de filmes erradica la indiferencia hacia nosotros mismos y a los otros.
Haciéndolo de la manera más objetiva y realista posible los hechos ocurridos en el Holocausto, la película dirigida por el maestro Steven Spielberg , narra solo un mínima parte del extenso terror que seguramente se vivió en un período tan oscuro de la humanidad, y menciono “mínimo” pues creo que los filmes por más crudos que estos sean, siempre guardan la calma de tratarse de un montaje.
La historia está basada en hechos reales, y sea 100 por ciento fiel a los acontecimientos o no, el extracto del filme – sin olvidar el extraordinario trabajo visual y actoral- es visceral.
Sin embargo lo que cuenta este filme es muy humano, en el aspecto de la eterna contradicción de la que el ser está sujeto. Por un parte está el hombre ambicioso y comprometido con el poder político para distinguirse, y por otro lado el mismo hombre, pero ahora convertido en héroe, que termina en cambiar el propósito inicial de su empresa por el de salvar la vida de al menos 1200 personas.
Digo, no se puede ser indiferente a esta historia, a la evidente manifestación del bien y del mal, a la inevitable impotencia de los que están en medio- todas las víctimas que caray, no se puede uno imaginar el terror con el que vivían- y en especial un diálogo que establecen los dos protagonistas de la historia, Oskar Schindler y Amon Göth – interpretados superiormente por Liam Neeson y Ralph Fiennes- acerca del “poder”.
“Un hombre roba algo, le conducen ante el emperador, se hecha al suelo ante él, le implora clemencia… él sabe que va a morir, pero el emperador le perdona la vida a ese miserable y deja que se vaya. Poder es cuando tenemos justificación para matar, y no lo hacemos. Eso es poder Amon, eso es poder.”
Esta es una escena clave para descifrar la psicología de los personajes, los puntos de vista acerca de lo que significa el poder, y el poder mismo representado por la “palabra”, en el intento de persuadir al peor de los usos de la autoridad.
En general, cada escena de este filme tiene un hallazgo, sabido o no. Es una exploración de los alcances humanos, ya sean para bien o para mal; muestra dos caras de nuestra especie, en donde identificarse en el punto de en medio, no existe o no es opción.
Pero lo preferible de todo el largometraje que sobrepasa las 3 horas, es saber que precisamente fue real. Engendra una esperanza al ver la fila de los 1200 judíos que un alemán miembro del partido Nazi salvó –por el motivo que sea- y que trae a la realidad la excepción -la bendita excepción- en donde en un país donde “todos eran malos” y tenían el poder de matar, apareció uno, -y seguramente hubo muchísimos más- que eligió el poder de salvar.
Es cuestión de perspectivas: Quién salva una vida, salva al mundo entero. (Itzhak Stern, interpretado por Ben Kingsley )
