
Cuando vi el tráiler de la película La casa lobo (2018), mi respuesta fue inmediata a la negativa de ver tal pesadilla fílmica en la que seguramente no saldría ilesa. Sin embargo y para mi sorpresa, la secuencia de imágenes sacadas de un cuento de terror en maché y el muy particular acento de voz realizado por la actriz Amalia Kassai, no saldrían de mi cabeza y se convertirían en mi objetivo cinéfilo pese al temor anticipado.
Y vaya que el terror se acrecentó de manera considerable al conocer que la historia en la que está basada, es real; o al menos la temática.
Coincido con algunas de las críticas que consideran que este largometraje animado realizado con la técnica de stop motion, se puede ver desde las dos posibles posturas: el que conoce previamente la premisa y el que no.
Pero antes de que el texto contraiga mis conclusiones, les explico de qué trata.
Una niña llamada María –logra- escapar de una secta religiosa mencionada como La Colonia, en donde esperaba un castigo por dejar escapar a tres cerditos. María y dos de los cerdos encuentran una casa en medio del bosque, acechado por un lobo, quien constantemente la atormenta con sus llamados. La casa parece sentir los diferentes estados de ánimo de María, convirtiéndose en una protagonista más de la tormentosa fantasía de María.
No sé si sus directores y artistas visuales Joaquín Cociña y Cristóbal León, sabrían el resultado tan hipnótico que tendrían cinco años después, -seguro que sí genios- al iniciar esta película-taller-instalación. Y es que volviendo al espectador que no conoce nada acerca de La Casa Lobo, la película resulta ser una experiencia visual poco vista. La composición de arte -que se hace y deshace constantemente- junto con la narrativa siniestra, provoca miles de sentimientos en el espectador, que como bien dije al principio de este desahogo, no se sale ileso.
No se puede ser indiferente a las formas tan extraordinariamente perturbadoras que se presentan a lo largo de los 75 minutos, pero que en esencia son magníficas. Como murales de rostros y figuras chocantes en las paredes de esta casa, que cobran vida junto a todo alrededor. O las trasformaciones bestiales de cerdos a niños o las atmósferas terroríficamente deprimentes.
Hasta aquí suena a una no-invitación a verla. Pero existe algo dentro de uno mismo que intriga a conocer el origen del nacimiento de un filme como este. La curiosidad –tal vez-.
Aquí entonces, es cuando el espectador deja matarse por la curiosidad -cual gato- y termina por conocer una de las tantas aberraciones humanas reales. La Colonia Dignidad.
En lo personal, el ejercicio cinematográfico que incluye la conciencia histórica y social, es para mí una joya. Un producto que te invita a leer, comentar, y escribir acerca de un acontecimiento del que desconocías, es un tesoro.
Y esto ocurrió cuando, al prepararme para ver esta ya reconocida película chilena, me encontré con la historia de un ex nazi llamado Paul Schäfer, quien al huir de Alemania por acusaciones de pedofilia y sodomía, se instala en una provincia chilena creando una secta religiosa en la que posteriormente, sirvió como campo de tortura de presos políticos torno a la dictadura de Augusto Pinochet, en la década de los 60´s hasta los 90’s.
Por si fuera poco, la organización incluiría la esclavitud y abuso sexual de cientos de niños por manos de Schäfer. Así como resguardar un arsenal de armas de alto impacto como artefactos de elementos químicos, entre otros.
Yo llevaba una vida sin conocer tales hechos.
Cuando uno ve el filme conociendo esto, comprende entonces que solo así se puede representar lo grave de la situación. Solo con símbolos que magnifiquen el horror, el de la vida real. Una vez más la realidad sobrepasa la fantasía.
Terminas por inferir que el personaje principal de este filme – y las tantas víctimas de la vida real- no pudo con su realidad, y se creó una paralela, en la que ella tendría el control. La fábula en que ayudaría inocentemente a dos cerditos a convertirse en sus protegidos y compañeros, en donde se esforzaría de manera abismal a ignorar al lobo –Schäfer- , en donde volvería a comenzar y en donde nada de las atrocidades que le había ocurrido, volverían a ocurrirle jamás.
Es esto lo verdaderamente corrosivo del filme –de la vida- la realidad supera cualquier ficción. Por más cruda y representativa del horror de la crueldad humana, que esta sea.
Bueno, entonces ¿por qué sí hay que verla?
La casa Lobo es una obra de animación única en su tipo, es problemáticamente hermosa en su ejecución; profunda, verdadera e interpretativa. Es una fábula que advierte que no todos los finales son felices.
Además, es un ejercicio de reconocimiento. Ya sea mirar a través de los ojos de María y sentir su desesperada salida de escape hacia la fantasía, o el Lobo, poderoso y ubicuo, acechando la inocencia hasta consumir la misma fantasía.
